La taza que subió 44%: lo que el café revela del gasto cotidiano en la CDMX
En una mesa del Centro Histórico, una taza de café americano concentra una cadena mucho más larga que la distancia entre la barra y la banqueta. El grano pudo salir de Veracruz o Chiapas, pasar por beneficio, tostado y distribución, y terminar convertido en una compra que parece pequeña, repetible y casi automática. En la Ciudad de México, esa rutina empezó a pesar más en el presupuesto: la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 del INEGI registró un gasto promedio trimestral de 268 pesos por hogar capitalino en café, té y chocolate, frente a 186 pesos en 2022. Medido a precios de 2024, el aumento fue de 44.1 por ciento.
La cifra no equivale al precio de una bebida ni permite separar cuánto corresponde exclusivamente al café. Sí muestra, con el alcance preciso de la encuesta, que ese pequeño grupo de productos creció mucho más rápido que el gasto total en alimentos, bebidas y tabaco de los hogares de la capital. En 2024, ese rubro general promedió 24 mil 389 pesos trimestrales, 1.2 por ciento menos que en 2022; los alimentos y bebidas consumidos fuera del hogar sumaron 7 mil 915 pesos, 4 por ciento más. Mientras el gran presupuesto alimentario se movía poco, la partida de café, té y chocolate saltó.
La explicación no cabe en una sola etiqueta de “cafeterías caras”. Una parte del consumo ocurre en casa y otra en barras, fondas, panaderías, oficinas o puestos. También cambiaron las presentaciones: cápsulas, concentrados, bebidas frías y granos de especialidad conviven con el soluble y el café de olla. Cada formato añade costos distintos de envase, energía, renta, equipo, servicio y margen. La taza que se compra en la calle paga, además del grano, el tiempo y el espacio que la rodean.
En el origen, la señal tampoco es estable. El reporte de volumen físico de la producción agropecuaria de la Secretaría de Agricultura comparó enero de 2026 con enero de 2025 y estimó 282.8 mil toneladas de café cereza frente a 330 mil un año antes, una baja anual de 13 por ciento para ese mes. Veracruz concentró 67.6 por ciento del volumen considerado y Chiapas 28.5 por ciento. No es correcto trasladar esa variación mensual de forma automática al precio de una taza capitalina, pero sí recuerda que el abasto depende de cosechas concentradas territorialmente y expuestas a ciclos productivos.
Entre el campo y la barra existe otro filtro: la calidad y la composición del producto. En 2025, el Laboratorio Nacional de Protección al Consumidor examinó 33 cafés tostados y molidos disponibles en el mercado mexicano. Profeco revisó información comercial, contenido neto y características del producto. El estudio es nacional, no exclusivo de la Ciudad de México, pero ofrece una advertencia útil para las compras locales: “tostado”, “molido”, “mezclado” o “descafeinado” describen productos diferentes y el precio por empaque no basta para compararlos. La unidad de medida, el contenido y el tipo de mezcla importan.
Para una familia, la economía de la taza se entiende mejor al convertir el hábito en frecuencia. Una bebida comprada cinco días por semana no compite sólo con otra bebida: se acumula como gasto mensual, mientras que preparar en casa traslada el costo a grano o soluble, agua, gas o electricidad, filtros y equipo. No existe una respuesta universal sobre qué opción “conviene”, porque una cafetería también vende ubicación, tiempo de trabajo, reunión o descanso. La comparación responsable empieza por reconocer qué se está pagando.
La ciudad también produce diferencias por código postal sin que eso signifique que todo sea más caro en las zonas de mayor renta. Una barra de especialidad puede cobrar más por trazabilidad y método; una panadería puede subsidiar la bebida con otras ventas; una cadena compra a escala; un puesto reduce infraestructura. El resultado es un mapa de precios que refleja modelos de negocio, no una jerarquía simple de calidad. Por eso, una guía útil debe comparar tamaño, ingredientes, servicio y ubicación antes de enfrentar dos cifras.
Hay maneras concretas de leer mejor ese gasto. En el supermercado conviene revisar el precio por 100 gramos y distinguir café puro de mezclas. En una cafetería, preguntar el tamaño real y el origen ayuda a entender la diferencia, pero no convierte automáticamente una bebida en mejor compra. Para el consumo frecuente, registrar durante una semana cuántas tazas se compran fuera y cuántas se preparan en casa ofrece una medida más honesta que la memoria. La meta no es culpabilizar un hábito cotidiano, sino volver visible lo que suele perderse entre pagos pequeños.
La taza sobre la mesa del Centro vuelve entonces a su escala real: es bebida, pausa y también indicador económico. El aumento de 44.1 por ciento registrado por el INEGI no prueba por sí solo que la capital consuma más café ni que todas las cafeterías hayan elevado sus precios en esa proporción. Sí muestra que el gasto conjunto de café, té y chocolate ganó peso en los hogares entre 2022 y 2024. La siguiente medición permitirá saber si fue un salto transitorio o un cambio más persistente en la canasta cotidiana.
En una ciudad que convierte la barra en oficina, punto de encuentro y ritual de paso, mirar el recibo completo puede contar tanto como mirar la espuma. La taza no deja de ser un gusto; simplemente revela que incluso los hábitos pequeños tienen origen, trabajo y una suma mensual.


