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Ciudad Viva

De tormentas a suministro: la ruta de la lluvia

Este año, quienes habitamos la Ciudad de México hemos aprendido a mirar el cielo con cierta desconfianza. Las lluvias han alterado rutinas, saturado drenajes y recordado que el Valle de México sigue siendo un territorio profundamente ligado al agua.

Durante las fiestas mundialistas, incluso el futbol tuvo que esperar. Algunas tormentas retrasaron partidos mientras el cielo descargaba sobre la capital.

Pero la afición no se detuvo. En los cinco días de juego cayó una cantidad de agua equivalente a llenar cerca de 100 Estadios Azteca. En lo que va del año, el volumen acumulado alcanzaría aproximadamente 430 estadios, con 547.3 milímetros de precipitación, según datos del Servicio Meteorológico Nacional.

Y sí, ha llovido más. SEGIAGUA reportó que desde marzo cada mes había superado la lluvia registrada en 2025, con una diferencia acumulada aproximada de 45 milímetros: el equivalente a otros 35 estadios.

La comparación ayuda a imaginar la magnitud. Pero plantea una pregunta mucho más importante: ¿a dónde va toda esa agua?

Porque en la Ciudad de México ocurre una paradoja difícil de ignorar. Mientras algunas colonias se inundan durante una tormenta, sus habitantes pueden padecer al mismo tiempo escasez en los grifos de sus casas. Exceso y carencia conviven en una misma ciudad.

Durante décadas, la respuesta fue principalmente desalojar la lluvia. El crecimiento urbano, la impermeabilización del suelo, los asentamientos irregulares y los cambios ilegales de uso de suelo redujeron además la capacidad del territorio para retenerla. El desafío ahora es distinto: captar, infiltrar y reutilizar una mayor parte antes de que termine en el drenaje.

Y para entender cómo puede ocurrir, hay que mirar hacia el bosque.

La esponja natural de Cuajimalpa

En Cuajimalpa, una parte importante de esa tarea ocurre sin grandes tuberías ni plantas hidráulicas. Ocurre bajo los árboles.

En el Desierto de los Leones y las microcuencas vinculadas al Bosque de Agua, oyameles, pinos y encinos interceptan la lluvia; la hojarasca y los suelos volcánicos ayudan a retenerla, mientras cauces y manantiales forman parte de un sistema que favorece su permanencia en el territorio.

El bosque funciona como una gran esponja.

Esa capacidad natural se refuerza con presas filtrantes de piedra, gaviones o troncos, zanjas y trincheras de infiltración, terrazas y restauración de áreas degradadas. Al acercarse a la zona urbana aparecen otras soluciones: sumideros, pozos de absorción, drenaje pluvial y sistemas de captación en techos para usos no potables.

No existe una gran obra que haga todo el trabajo. Es una red de soluciones naturales, rurales y urbanas que acompaña la ruta del agua.

Una parte se infiltra en el suelo. Otra alimenta manantiales, arroyos y barrancas y debe conducirse de manera controlada para reducir riesgos. Otra puede almacenarse en cisternas y reutilizarse en sanitarios, limpieza o riego.

La diferencia está en evitar, siempre que sea posible, que toda corra al mismo tiempo hacia las partes bajas de la ciudad.

Esta función rebasa los límites de Cuajimalpa. Los acuíferos asociados al suelo de conservación y al Bosque de Agua sostienen una parte fundamental del abastecimiento de la capital. Referencias oficiales hablan de hasta 70% del suministro, aunque esa cifra corresponde al sistema en su conjunto y no debe atribuirse exclusivamente a Cuajimalpa ni entenderse como lluvia enviada directamente a otras alcaldías.

Pero para que esa esponja siga funcionando, primero hay que conservar el bosque.

El Programa de Manejo del Parque Nacional Desierto de los Leones contempla restauración, educación ambiental y vigilancia participativa, además de acciones de reforestación, prevención de incendios, limpieza y monitoreo.

El 9 de agosto de 2026 se realizó una jornada federal para plantar 35 mil árboles en distintos puntos del suelo de conservación, incluido San Mateo Tlaltenango, en Cuajimalpa. Plantar, sin embargo, es apenas el comienzo: su mantenimiento y supervivencia determinarán cuánto pueden contribuir a retener humedad y favorecer la infiltración.

Aquí las comunidades, pueblos originarios, ejidos y brigadas locales tienen un papel central. Son quienes ayudan a prevenir incendios, vigilar la tala y los cambios ilegales de uso de suelo, mantener obras de retención, reforestar y reportar afectaciones. Sin ellos, ninguna política hídrica tendría arraigo ni continuidad.

Estas acciones se articulan con el Plan Hídrico 2025-2030, Acupuntura Hídrica y proyectos como Cosecha de Lluvia y Escuelas de Captación. En Cuajimalpa, la tarea incluye identificar sitios viables, incorporar inmuebles públicos y coordinar su validación con SEGIAGUA.

Pero queda una pieza importante: medir mejor lo que está ocurriendo.

El reto es construir, junto con SEGIAGUA, CONAGUA y centros académicos, un inventario actualizado y georreferenciado de las obras, conocer su capacidad y estado de conservación y establecer un balance hídrico específico para las microcuencas de Cuajimalpa.

Porque no toda la lluvia que cae sobre la ciudad tiene que convertirse en una amenaza. Una parte puede quedarse en el bosque, infiltrarse bajo nuestros pies y comenzar un recorrido mucho más lento.

De tormenta a suelo. De suelo a acuífero. Y de lluvia, finalmente, a recurso.

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