La ciudad del garrafón: por qué beber agua en CDMX también es cargarla
A las siete de la mañana, antes de que la banqueta se llene, un repartidor hace rodar dos garrafones por el borde de la acera. El plástico golpea el cemento con un sonido hueco y reconocible. En el departamento de arriba alguien aparta una silla, abre la puerta y prepara el envase vacío. La escena se repite en edificios con cisterna, en casas con tinaco y en calles donde el agua llega todos los días. En la Ciudad de México, tener agua en la red y confiar en ella para beber son dos asuntos distintos.
El garrafón no es solo un recipiente. Es una pieza de la logística doméstica: ocupa un rincón de la cocina, exige espacio para almacenarlo, obliga a calcular cuándo se acaba y convierte veinte litros en un objeto que debe comprarse, cargarse, subir escaleras y cambiarse sin derramar. En una ciudad de departamentos cada vez más pequeños, hogares de una sola persona y jornadas largas, beber agua también implica administrar una cadena privada de abasto.
La paradoja de abrir la llave y comprar el agua
Los datos ayudan a medir la distancia entre cobertura y confianza. Una publicación ambiental del INEGI reportó que 99.29% de los hogares de la Ciudad de México contaban con agua entubada en la vivienda o el terreno en la medición citada. Sin embargo, una encuesta sobre hábitos de consumo y calidad del agua encontró que 85% de los hogares del entonces Distrito Federal se abastecía de garrafón para beber. Las cifras corresponden a levantamientos y años distintos, pero juntas describen una paradoja persistente: el agua puede llegar a casa sin convertirse automáticamente en agua que la familia quiera llevarse a la boca.
El fenómeno rebasa a la capital. El Módulo de Hogares y Medio Ambiente del INEGI registró que 76.3% de los hogares mexicanos compraba agua de garrafón o botella para beber en 2017, frente a 70.8% en 2015. Ese crecimiento de 5.5 puntos porcentuales en apenas dos años muestra que el consumo no era marginal ni se reducía a zonas sin tubería.
Una medición de Kantar, también de 2017 y con una metodología comercial diferente, estimó que 98% de los hogares mexicanos había comprado agua natural embotellada durante el año. El hogar promedio adquirió 1,385 litros y gastó 1,315 pesos en ese periodo. No conviene sumar ni comparar directamente ambos porcentajes, porque responden a universos y métodos distintos; sí sirven para dimensionar hasta qué punto comprar agua se normalizó.
La desconfianza también tiene memoria
¿Por qué una ciudad conectada a tuberías sostiene una economía cotidiana de envases retornables? Una revisión académica publicada en 2024 en la revista Tecnología y Ciencias del Agua encontró que las explicaciones se repiten: percepción de mala calidad, sabor, olor y preocupación sanitaria. El trabajo también rastrea una memoria social marcada por el sismo de 1985 y el brote de cólera de 1991, momentos que reforzaron la idea de que el agua de la llave podía ser riesgosa.
La calidad que percibe una familia no depende únicamente del agua que sale de una planta o entra a una colonia. Entre la red y el vaso hay tuberías antiguas, cisternas, tinacos y hábitos de limpieza. Un edificio puede recibir agua que cumple parámetros y perder confianza en el trayecto interno. Por eso, el garrafón funciona muchas veces como una póliza emocional: se compra no solo lo que contiene, sino la sensación de control.
Ese control, sin embargo, no es total. Las purificadoras y los envases requieren vigilancia sanitaria, limpieza y manejo adecuado. Cambiar de la llave al garrafón traslada parte de la responsabilidad al consumidor: revisar sellos, elegir proveedores formales, evitar exposición al sol, lavar el dispensador y no reutilizar recipientes sin condiciones adecuadas.
Veinte litros pesan más en unas casas que en otras
Un garrafón de veinte litros pesa cerca de veinte kilogramos, más el envase. La cifra parece obvia hasta que hay que subirlo cuatro pisos sin elevador, cargarlo en transporte público o moverlo siendo una persona mayor. La comodidad del agua comprada descansa con frecuencia en trabajo físico poco visible: el del repartidor, el de quien atiende la purificadora y el de la persona que lo instala en casa.
También existe una desigualdad de tiempo. Quien tiene vehículo puede recoger varios envases; quien vive cerca de una purificadora paga menos por rellenar; quien depende del reparto se ajusta a rutas y horarios. En hogares con ingresos apretados, el agua para beber compite con otros gastos diarios. No es un lujo prescindible: es una compra recurrente que la red pública, al menos en la percepción de muchas familias, no logra sustituir.
La carga ambiental tampoco termina en el envase retornable. Aunque el garrafón se reutiliza, su ciclo requiere lavado, transporte y energía; las botellas pequeñas agregan plástico de un solo uso. El INEGI calculó que el agotamiento del agua subterránea y la degradación del agua superficial representaron en México un costo de 102,029.4 millones de pesos en 2023, equivalente a 0.32% del PIB. Es una cifra nacional, no una cuenta específica del agua embotellada, pero coloca el hábito cotidiano dentro de un problema mayor: extraer, potabilizar, mover y desechar agua tiene costos que rara vez aparecen en el precio del vaso.
Una infraestructura privada dentro de la cocina
En muchas casas, la solución creció sin diseño. Primero fue un garrafón sobre una base metálica; luego un dispensador; después una bomba eléctrica recargable. Hay familias que hierven el agua, otras instalan filtros bajo la tarja y otras combinan sistemas según el día. La cocina se convierte así en una pequeña planta doméstica de decisiones.
La tecnología promete reducir envases, pero no elimina la pregunta principal: ¿en quién se confía? Un filtro exige cambiar cartuchos y conocer qué contaminantes puede retener. Hervir sirve contra microorganismos, pero no corrige todos los compuestos. El garrafón parece simple, aunque depende de la calidad del proveedor y del almacenamiento. Ninguna opción funciona por inercia.
En la banqueta, mientras tanto, el sonido hueco continúa. El repartidor recoge el envase vacío y deja uno lleno; la puerta se cierra y el agua vuelve a ser parte del paisaje interior. La ciudad del garrafón no nació porque la gente disfrute cargar veinte kilos. Se construyó en la brecha entre cobertura, experiencia y confianza. Reducir esa distancia requerirá infraestructura, información transparente y mantenimiento dentro y fuera de los edificios. Hasta entonces, una parte esencial de la vida capitalina seguirá llegando en camión, rodando sobre la acera y esperando junto al refrigerador.


