Lo que no ves del Grito: así cambia el Zócalo en 48 horas
Si llegas al Zócalo la noche del 15 de septiembre, todo parece estar en su sitio: el escenario encendido, las pantallas funcionando, los accesos delimitados y miles de personas esperando la ceremonia. Sin embargo, la plaza no se transforma por arte de magia.
Aunque los preparativos comienzan días antes, el momento más intenso se concentra en alrededor de 48 horas. Durante ese tiempo, el corazón de la CDMX cambia varias veces de función: pasa de plaza pública a foro, zona de seguridad, escenario cívico y punto de partida del Desfile Militar.
La primera transformación ocurre entre estructuras metálicas, cables y pruebas de sonido. Equipos técnicos instalan audio, iluminación y pantallas, mientras otros trabajadores colocan vallas, revisan conexiones eléctricas y mantienen libres las rutas de evacuación.
Montar un evento de esta escala implica mucho más que levantar un escenario. También hay que considerar la lluvia, el viento, la resistencia del piso y el movimiento de una multitud que no siempre avanza en línea recta.
El cambio alcanza las calles cercanas. En ediciones anteriores se han retirado temporalmente postes, luminarias, bolardos y confinamientos de ciclovías en avenidas como 20 de Noviembre y Pino Suárez. El objetivo es liberar el paso para asistentes, vehículos y contingentes; cuando terminan los festejos, el mobiliario debe regresar a su lugar. (Secretaría de Obras y Servicios)
Para quienes atraviesan el Centro Histórico, esta operación explica los cierres, cambios de circulación y modificaciones al transporte que comienzan antes del 15 de septiembre.
Horas antes de la ceremonia comienza el ingreso del público. Las calles que desembocan en el Zócalo dejan de ser accesos cotidianos y se convierten en puntos de revisión.
En 2024, por ejemplo, se instalaron ocho filtros estratégicos alrededor de la plancha para ordenar la entrada y evitar objetos que pudieran provocar accidentes. A esto se sumaron policías, equipos médicos, ambulancias y personal encargado de mantener libres los corredores de emergencia. (Secretaría de Seguridad Ciudadana.
El reto no es únicamente recibir a miles de personas, sino anticipar cómo se moverán. Algunos asistentes buscan acercarse al escenario; otros necesitan salir, encontrar un sanitario o reunirse con alguien. También hay familias con niñas y niños, personas mayores y visitantes que no conocen las calles del Centro.
Mientras la atención está puesta en Palacio Nacional, una operación casi invisible continúa a ras de piso. Hay personal que vigila los flujos, atiende desmayos, orienta a visitantes, localiza a personas extraviadas y responde por radio cuando surge algún problema. Cuando todo funciona, ese trabajo pasa inadvertido.
Al terminar la ceremonia, miles de personas intentan abandonar la plaza casi al mismo tiempo. Las calles, estaciones y puntos de transporte reciben una presión distinta a la de la llegada.
Mientras el público se retira, los vendedores desmontan sus puestos, los técnicos aseguran los equipos y las cuadrillas de limpieza comienzan a trabajar. No pueden esperar hasta la mañana siguiente: el Zócalo debe quedar listo para recibir otra ceremonia.
La escala de esa tarea puede medirse con lo ocurrido en 2022. El operativo de limpieza movilizó a mil 120 trabajadores en distintos turnos, además de vehículos, barredoras, pipas y una grúa. Las labores abarcaron la Plaza de la Constitución, su perímetro, 18 vialidades del Centro Histórico y parte de Paseo de la Reforma. (Operativo de limpieza)
Pero limpiar no significa terminar. Durante la madrugada, parte de la infraestructura del concierto se retira y otra se adapta. El escenario deja de ser la prioridad: ahora deben liberarse las calles para el paso de contingentes, vehículos y agrupaciones del Desfile Militar del 16 de septiembre.
La transformación tampoco afecta únicamente a quienes asisten a los festejos. El Centro Histórico también es hogar, oficina y espacio de trabajo.
Un restaurante puede recibir más clientes, mientras otro pierde ventas porque sus proveedores no consiguen entrar. Para un residente, una valla de seguridad puede representar varias calles adicionales para llegar a su casa. Los hoteles se llenan, pero sus trabajadores deben encontrar rutas alternas para llegar.
Esa convivencia recuerda que el Zócalo no es solamente una postal ni una explanada reservada para las grandes ceremonias. Es un espacio vivo que debe equilibrar su función nacional con la rutina de quienes lo habitan todos los días.
Cuando termina el desfile, regresan el mobiliario, la circulación y los recorridos habituales. El Zócalo vuelve a parecer el de siempre. Esa es quizá la parte más sorprendente de la transformación: la operación termina cuando casi desaparecen sus huellas y el escenario más importante del país vuelve a ser, simplemente, la plaza de la ciudad.

