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El edificio que la CDMX rebautizó como Canadá

Crónicas de Ciudad

El edificio que la CDMX rebautizó como Canadá

Hubo un tiempo en que para encontrarse en Tacubaya no hacía falta mandar ubicación. Bastaba decir: “nos vemos en el edificio Canadá”.

Ahí estaba, en la punta donde se encuentran Revolución y Jalisco, con seis enormes letras encendidas sobre su fachada: C-A-N-A-D-Á. Durante décadas, el anuncio de la famosa zapatería terminó haciendo algo que pocas campañas publicitarias consiguen: borrar, al menos popularmente, el nombre del edificio que lo sostenía. Pero el Canadá nunca se llamó Canadá.

Era —y sigue siendo— el Edificio Ermita, una de las obras emblemáticas del Art Déco mexicano y una construcción que nació cuando la Ciudad de México comenzaba a imaginar una forma completamente distinta de vivir.

Una ciudad que empezaba a crecer hacia arriba

A finales de los años veinte, Tacubaya todavía conservaba algo de aquel antiguo paisaje de grandes propiedades y jardines. En terrenos que habían pertenecido a la familia Mier y Pesado comenzó a levantarse una construcción que parecía llegada del futuro.

El encargado de imaginarla fue Juan Segura Gutiérrez, arquitecto formado en la Academia de San Carlos que, siendo todavía muy joven, había colaborado con el francés Paul Dubois en el diseño de El Palacio de Hierro, otro edificio histórico de aquella zona de la ciudad.

Segura construiría después viviendas y edificios en distintas colonias de la capital; muy cerca del Ermita levantó también el Conjunto Isabel, en 1929.

Para la Fundación Mier y Pesado, Segura aprovechó aquel peculiar terreno triangular con una idea adelantada a su tiempo: reunir vivienda, comercio y entretenimiento en un mismo edificio. Departamentos de distintos tamaños, locales comerciales y una enorme sala cinematográfica convivían bajo el mismo techo. En total se construyeron 78 departamentos, 66 de ellos sobre el cine, algunos de apenas 28 a 43 metros cuadrados.

Era una nueva manera de habitar la capital.

Segura envolvió todo en líneas verticales, curvas y detalles geométricos propios del Art Déco. En medio de una ciudad donde los edificios altos todavía eran una rareza, aquella mole de ocho pisos debió parecer un pequeño rascacielos.

Vivir arriba del cine

Y abajo ocurría la magia.

En 1936 abrió el Cine Hipódromo, integrado al conjunto y con capacidad para alrededor de 2,500 espectadores. Con los años cambiaría de nombre y sería conocido como Cine Jalisco. Para varias generaciones, aquella enorme sala fue una cosa u otra dependiendo de cuándo les tocó vivir Tacubaya. Arriba continuaba la vida cotidiana. Se podía salir de una función y, para algunos vecinos, regresar a casa significaba simplemente subir unos pisos.

El Ermita era una pequeña ciudad dentro de la ciudad.

Y por sus departamentos pasó una ciudad todavía más grande. El inmueble se convirtió en lugar de llegada para numerosos exiliados republicanos españoles; entre sus habitantes estuvieron el poeta Rafael Alberti y Ramón Mercader, el hombre que asesinó a León Trotsky. Pero quizá ninguno dejó una huella tan visible como alguien que nunca vivió ahí.

Una zapatería.

Entonces llegó Canadá

Durante la segunda mitad del siglo XX, Calzado Canadá convirtió la gran fachada ciega del Ermita en uno de los anuncios más reconocibles de la capital. Las letras eran gigantescas. De día dominaban la esquina; de noche se encendían. Durante décadas, aquel letrero acompañó automóviles, camiones y peatones que atravesaban Tacubaya, hasta conseguir algo extraordinario: la marca terminó apropiándose del edificio en el lenguaje cotidiano.

El Ermita se volvió “el Canadá”.

Y no era cualquier publicidad. Calzado Canadá llegó a ser uno de los grandes corporativos del calzado en América Latina y aquel anuncio formaba parte de una identidad visual moderna que encontró en la arquitectura de la ciudad un escaparate monumental.

Cuando desapareció, otra imagen ocupó durante años su lugar: una enorme publicidad luminosa de Coca-Cola. Cambió el anuncio. Cambió la ciudad. El edificio permaneció.

El tiempo finalmente alcanzó al Ermita

Pasaron las décadas. Tacubaya se transformó, Revolución cambió de rostro, desaparecieron salas de cine y el edificio comenzó a cargar las huellas de casi un siglo de uso.

Hasta que inició su recuperación. El proyecto buscó devolverle protagonismo a la arquitectura de Juan Segura y recuperar su vocación original: un edificio para ser habitado.

Hoy el Ermita vuelve a tener departamentos y espacios comerciales, y su presencia Art Déco vuelve a distinguirse en esa esquina donde confluyen algunas de las avenidas más transitadas del poniente de la ciudad.

Y hay algo particularmente circular en su historia: el inmueble fue concebido por la Fundación Mier y Pesado como una propiedad de renta destinada a generar recursos para sus obras asistenciales. Casi un siglo después, esa vocación permanece. En 2029 se cumplirá un siglo del arranque de la construcción, tomando como referencia la cronología que sitúa el comienzo de las obras en noviembre de 1929. Las fuentes históricas difieren ligeramente sobre los años exactos de construcción, pero coinciden en situar al Ermita como una de las grandes obras de Segura y de la arquitectura mexicana de aquella época.

Casi un siglo después, lo más sorprendente del Ermita quizá sea descubrir qué tan adelantado estaba a su tiempo. Juan Segura reunió vivienda, comercios, servicios y un enorme cine bajo un mismo techo: una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Hoy, cuando los desarrollos de usos mixtos se multiplican en la CDMX, el Ermita recuerda que esa forma de vivir la imaginó desde los años treinta. Más que sobrevivir a la transformación de la ciudad, el Ermita se adelantó a ella.

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