Cosecha de lluvia en CDMX: el agua que la ciudad aprende a guardar en casa
En una azotea de la periferia, el aguacero de la tarde ya no se va completo a la coladera. Una parte corre por la canaleta, pasa por un filtro y termina en un tinaco que, días después, servirá para lavar, trapear o llenar el depósito del baño. Esa escena, que hace unos años parecía cosa de casas ecológicas, se ha vuelto parte del paisaje de muchos barrios capitalinos. La cosecha de lluvia es hoy una de las respuestas domésticas más visibles a una ciudad que vive con el agua a cuentagotas y, al mismo tiempo, se inunda cada verano.
Una ciudad que se inunda y tiene sed
La paradoja es conocida por cualquiera que haya visto una calle convertida en río y, al día siguiente, una fila de cubetas esperando la pipa. Buena parte del agua que cae sobre la Ciudad de México termina directamente en el drenaje. Como explicó la Gaceta UNAM en un reportaje publicado en 2018, la gran mayoría de la lluvia capitalina se va al sistema de desagüe porque los ríos de la ciudad fueron entubados.
A escala nacional, el mismo texto retoma datos de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) y de la Semarnat: en México llueven en promedio alrededor de 711 milímetros al año, lo que equivale a unos 1,489 miles de millones de metros cúbicos. De esa agua, cerca de 73% regresa a la atmósfera por evapotranspiración, alrededor de 20% llega a ríos y arroyos, y solo cerca de 6% se infiltra a los acuíferos, según el Centro Virtual de Información del Agua. Son cifras nacionales, no capitalinas, pero ayudan a dimensionar lo poco que se aprovecha de cada tormenta.
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Del tinaco a la política pública
La cosecha de lluvia dejó de ser un experimento aislado cuando el Gobierno de la Ciudad la convirtió en programa. De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente (Sedema), entre 2019 y 2024 se instalaron más de 70 mil Sistemas de Captación de Agua de Lluvia (SCALL) en viviendas, que benefician a más de 230 mil personas. El programa Cosecha de Lluvia llegó a alcaldías como Iztapalapa, Tláhuac, Xochimilco, Milpa Alta, Tlalpan, Gustavo A. Madero, Coyoacán, Azcapotzalco y Magdalena Contreras; la descripción general de Sedema suma también a Iztacalco y Venustiano Carranza, para un total de 11 demarcaciones.
El funcionamiento es sencillo: el techo actúa como superficie de captación, las canaletas conducen el agua hacia un depósito y desde ahí se aprovecha para uso doméstico. Según Sedema, el agua cosechada puede cubrir ese uso durante la temporada de lluvias, que la dependencia ubica entre el 15 de mayo y el 30 de noviembre, lo que equivale a entre cuatro y siete meses del año.
Cuánto dura un sistema
Uno de los argumentos a favor es su vida útil: Sedema calcula que un sistema bien usado, con mantenimiento y cuidado adecuados, funciona alrededor de 20 años. Ese mantenimiento no es menor: limpiar el techo y las canaletas antes de la temporada, revisar filtros y cuidar que el almacenamiento esté cerrado marca la diferencia entre agua útil y agua estancada. En los barrios donde el tandeo es costumbre, esa rutina se suma a otras tareas domésticas que giran alrededor del agua.
La escuela como gran techo
El programa dio un salto cuando miró hacia los planteles. Desde 2023, el proyecto Escuelas de Captación ha instalado más de 2 mil sistemas en más de 1,800 planteles y espacios educativos, con más de 1.3 millones de usuarios entre estudiantes y personal, y una inversión de 300 millones de pesos, de acuerdo con Sedema. Una escuela tiene techos amplios, baños de uso intenso y patios que se lavan con frecuencia: es, en términos de agua, un lugar ideal para cosechar.
Para los alumnos, además, el sistema se vuelve una lección cotidiana. Ver cómo se llena un depósito después de un aguacero cambia la idea de que el agua solo llega por la tubería o en pipa. En una ciudad donde muchas familias organizan su semana alrededor del día en que cae el agua, esa conciencia no es un detalle menor.
¿Se puede beber?
La pregunta aparece siempre. La investigadora Rocío García Martínez, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, estudia la calidad del agua de lluvia y, según la Gaceta UNAM, ha señalado que el problema no es la lluvia en sí, sino las condiciones atmosféricas por las que atraviesa. Por eso, los programas de cosecha domiciliaria priorizan usos como limpieza, riego y sanitarios, y cualquier uso para consumo requiere tratamiento adicional.
La cosecha de lluvia tampoco resuelve por sí sola la crisis hídrica: no sustituye la reparación de fugas, el saneamiento ni el abasto regular. Pero sí cambia la relación de los hogares con el agua. Quien tiene un sistema en casa empieza a mirar el cielo de otra manera, a contar tormentas y a medir cuánto le dura el tinaco lleno.
Ese vínculo con el agua tiene raíces antiguas en la cuenca, como recuerda la vida agrícola que todavía se sostiene en El barrio que todavía cosecha la ciudad: Xochimilco más allá de las trajineras. La diferencia es que hoy la cosecha también ocurre en azoteas de concreto, a varios metros del suelo.
En una ciudad construida sobre un lago, guardar la lluvia es casi una forma de memoria. Cada tinaco que se llena con un aguacero es una pequeña prueba de que el agua que antes se perdía en la coladera todavía puede quedarse en casa.


