La ciudad que todavía imprime: el cibercafé como ventanilla de barrio
A las ocho de la mañana la cortina ya está arriba y la impresora hace el primer ruido del día. Entra una estudiante con un archivo en el teléfono, luego un hombre que necesita reducir su CURP a un solo PDF y, detrás, una mujer que trae en una memoria USB las fotografías para un trámite. Nadie pide “una hora de internet”. Piden que el documento pese menos, que la copia salga por ambos lados, que el correo recuerde su contraseña. El cibercafé de barrio dejó de ser una fila de máquinas para navegar: ahora se parece a una ventanilla donde alguien traduce la ciudad digital.
Durante los años noventa y la primera década del siglo, esos locales prometían acceso. Las computadoras estaban separadas por mamparas, el tiempo se cobraba en bloques y el sonido dominante era el módem, después sustituido por teclados y videojuegos. Hoy el acceso cabe en el bolsillo. La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2025, del INEGI, reporta que 86.1% de las personas de seis años y más usa internet: 104.9 millones de habitantes. También señala que 84.6% utiliza teléfono celular. La pantalla ya no es escasa; lo escaso puede ser el equipo adecuado, la impresora, el escáner o la paciencia para completar un formulario.
Ahí está la primera paradoja. Mientras el teléfono se volvió casi universal, la computadora perdió centralidad en muchos hogares. Según la misma ENDUTIH, solo 38.1% de las personas de seis años y más usó computadora o tableta en 2025. En la Ciudad de México, el perfil de Data México basado en el Censo 2020 registró celular en 92.2% de las viviendas, acceso a internet en 75.7% y computadora en 59.9%. Son datos de años y metodologías distintas, pero dibujan la misma tensión: conectarse no equivale a tener en casa todas las herramientas para estudiar, editar, firmar, escanear o imprimir.
Por eso el mostrador conserva trabajo. Una solicitud laboral puede comenzar en WhatsApp y terminar en papel; una escuela recibe tareas digitales pero pide una portada impresa; un portal público acepta archivos, aunque rechaza los que superan cierto peso. Entre una instrucción y otra aparecen verbos técnicos —convertir, comprimir, adjuntar, recuperar— que alguien debe ejecutar. En muchos barrios esa persona no lleva uniforme ni trabaja en una oficina gubernamental. Está detrás de una impresora multifuncional, conoce el tamaño carta de memoria y cobra por hoja, por escaneo o por resolver el nudo.
La función no es menor en una ciudad que presume conectividad. El INEGI calculó que 78.3% de los hogares del país tenía internet en 2025, el doble del 39.1% observado una década antes. El avance es enorme, pero deja fuera a más de una quinta parte de los hogares y no mide por sí solo la calidad del equipo, la estabilidad de la conexión o las habilidades para enfrentar un trámite. Además, la brecha cambia con la edad: entre personas de 65 a 74 años, el uso de internet subió de 11% a 57.8% en diez años; entre quienes tienen 75 y más, pasó de 3% a 30%. La mejora convive con una necesidad cotidiana de ayuda.
En esa ayuda se juega también la confianza. Quien atiende el cibercafé ve actas de nacimiento, recibos, identificaciones y contraseñas. El negocio funciona por cercanía: está a unas cuadras, conoce a las familias, abre temprano y resuelve sin cita. Pero la misma cercanía exige cuidado. Los datos personales no deberían permanecer en descargas, correos abiertos o memorias del equipo; conviene cerrar sesiones, borrar archivos temporales y evitar compartir contraseñas permanentes. La asesoría de barrio es valiosa precisamente cuando no convierte la urgencia en exposición.
Un reportaje de Rest of World documentó en la colonia Del Valle cómo algunos cibercafés de la capital diversificaron su papel: además de copias y trámites, se volvieron espacios de apoyo para niñas, niños, personas mayores y clientes que no dominan las plataformas. La observación ayuda a entender por qué estos locales no desaparecieron al llegar el smartphone. Cambiaron de mercancía. Antes vendían minutos de conexión; ahora venden contexto, equipo compartido y acompañamiento.
El mobiliario cuenta esa transformación. Donde había diez computadoras puede haber tres, acompañadas por una impresora de alto rendimiento, una engargoladora, micas para credenciales y estantes de papelería. La renta por hora cedió terreno a servicios pequeños que se acumulan: copias, fotografías, etiquetas, formatos, currículos, constancias. No todos los establecimientos sobrevivieron ni todos ofrecen lo mismo. Los que permanecen suelen hacerlo porque entendieron que el problema ya no es entrar a internet, sino salir de él con algo terminado.
También hay una geografía de la urgencia. Cerca de escuelas, juzgados, hospitales y oficinas públicas, la demanda se concentra en horarios específicos. Una convocatoria abre; una plataforma falla; una maestra pide material para el día siguiente. El cibercafé absorbe esas fricciones sin aparecer en los grandes discursos de transformación digital. Es infraestructura modesta: una conexión, tóner, papel y la habilidad de reconocer en qué casilla debe ir cada dato. Su valor no reside en la nostalgia por las cabinas, sino en la capacidad de traducir sistemas diseñados como si toda persona tuviera equipo, tiempo y experiencia.
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La escena final vuelve al mostrador. La estudiante recibe sus hojas; el hombre guarda el PDF en su teléfono; la mujer verifica que la fotografía no haya quedado oscura. Cada uno sale con un resultado físico o digital que, por unos minutos, necesitó de otro par de manos. La ciudad conectada no eliminó la ventanilla: la desplazó a un local con letrero de copias. Mientras los servicios públicos, las escuelas y los empleos sigan mezclando papel, plataformas y requisitos técnicos, el cibercafé será menos un vestigio que una forma cotidiana de intermediación urbana.
Crédito de imagen: AlejandroLinaresGarcia, “Internet Cafe, Apizaco, Mexico”, vía Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA. Fotografía documental representativa; no corresponde a un establecimiento específico de CDMX.
Fuentes: INEGI-SNIEG — resultados ENDUTIH 2025; INEGI — ENDUTIH 2025; Data México — perfil de Ciudad de México; Rest of World — cibercafés de Ciudad de México; Wikimedia Commons — licencia de la fotografía.


