Tlalpan eterno: Vivir con el miedo en el cuerpo

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ULTIMA PARTE

La noche cae sobre la calzada del amor y las luces comienzan a titilar, dibujando sombras largas en las aceras. Para muchos, es el fin de la jornada laboral; para “Mireya” -nombre ficticio para proteger su identidad-, el calvario diario apenas empieza.

Es una mujer esbelta, de tez aperlada, viste un top blanco y pantalón de mezclilla dentro de unas botas cafés altas. Comenta que  no le gusta usar minifaldas o vestidos cortos por el frio y las lluvias.

A sus 30 años, es madre de dos hijos. Mirada de águila, siempre en alerta, mirada de quien ha visto demasiado, accede a conversar bajo la luz de un poste. Con la advertencia terminante: cero fotografías y que todo sea rápido pues tiene que trabajar.

Su relato dista por completo de los mitos románticos o las fantasías que rodean al trabajo sexual: lo suyo es una lucha descarnada por la supervivencia.

Mireya no eligió estar aquí. Hace tres años, tras perder su empleo como secretaria y acumular meses de facturas impagadas, se vio en la calle con sus hijos.

  • “Nadie se despierta un día y piensa que quiere hacer esto”, -dice con voz baja, rompiendo de inmediato el estigma del placer o la libre elección desinteresada.-
  • ¿No recurriste a familiares, amigos, conocidos en busca de ayuda?
  • “Es la desesperación total. O pagaba la renta o nos echaban. Nombre no hay amigos, no hay familiares, no hay nada, estás sola contra todo y contra todos”.

El motor de sus pasos cada noche es la estricta necesidad económica, aunque el retorno financiero sea devastadoramente bajo. Contrario a la creencia popular de que es un negocio lucrativo.

Mireya explica que el mercado está precarizado y saturado. Tras pagar las tarifas de las habitaciones, el transporte, sus alimentos y a menudo, la extorsión de quienes controlan las calles, lo que se queda apenas alcanza para lo necesario.

  • “Hay días muy difíciles, especialmente cuando llueve, todo se complica, los clientes escasean, yo puedo trabajar de siete a nueve horas y volver a casa apenas con dinero. Esto no da para lujos, da para no morir de hambre”, confiesa.

Vivir con el miedo en el cuerpo

El factor más desgastante de su rutina no es el cansancio físico, sino el psicológico. La inseguridad y el miedo son sus sombras permanentes. Cada vez que se sube al coche de un desconocido, Mireya sabe que está cruzando una línea donde lo que va a pasar es impredecible.

  • ¿Tienes miedo?
  • “El miedo no se te quita nunca”, relata mientras se resguarda del viento con una chaqueta café de piel.
  • ¿Entonces debes de ser una mujer muy precavida, arisca, desconfiada?
  • “Cada cliente es una lotería. No sabes si es alguien tranquilo o alguien que te va a golpear, a robar lo poco que llevas o algo peor. Hay cada trastornado de pronto, te hablan bonito en la calle, cuando te contratan, pero en el cuarto se transforman”.
  • ¿Son los más o los menos?
  • “Pues mira Gracias a Dios son los menos, también hay gente muy linda y educada, pero no podemos bajar la guardia ni descuidarnos”.
  • ¿Y es verdad que el hombre busca amor y les prometen sacarlas de trabajar si inician una relación de noviazgo?
  • “Ja ja ja sí, sí pasa, pero lo hacen como estrategia para tener sexo sin que les cueste, ni que fueran Luis Miguel”, -por primera vez durante la entrevista, se relaja un poco y su rostro se vuelve más luminoso, dejando por unos segundos su instinto de alerta permanente.-
  • ¿Ustedes fingen que disfrutan y que tienen orgasmos, para que los clientes se vayan felices y regresen de nuevo a contratarlas?
  • “Somos seres humanos, no máquinas o piedras, claro que sentimos, pero no se te olvide que esto es un trabajo”, afirma.

Además de los riesgos físicos, el peso social resulta asfixiante. Mireya vive una doble vida. Sus hijos de ocho y once años, creen que trabaja en una oficina nocturna de unos grandes almacenes. El temor a que descubran la verdad la carcome por dentro.

“El rechazo de la sociedad es diario. Te miran por encima del hombro, te insultan desde los coches. Eres invisible para los derechos, pero el blanco perfecto para las críticas”, lamenta.

Al terminar la entrevista, Mireya mira el reloj. La noche avanza y las deudas no esperan. Se acomoda su pelo ondulado, se despide con una sonrisa más amigable y vuelve a su puesto con sus comadres en esta la calzada de Tlalpan, la calzada del amor… y del dolor.

Su testimonio desmonta la fachada de un oficio romantizado y expone la cruda realidad de miles de mujeres: una odisea diaria marcada por la precariedad, el desamparo institucional y el miedo constante, donde el cuerpo no es una mercancía de placer, sino el último recurso de una madre que se niega a rendirse.