La oficina cabe en una mochila: trabajar desde cualquier mesa en CDMX
A las nueve de la mañana, una mesa junto a la ventana ya tiene dueño. Hay una computadora abierta, audífonos, una libreta y una taza que se enfría mientras alguien entra a una videollamada. Nadie pregunta dónde está la oficina. En una ciudad que durante décadas midió la jornada por el trayecto entre casa y centro de trabajo, el escritorio empezó a caber en una mochila.
La escena se repite en cafeterías, bibliotecas, espacios compartidos y salas de espera de la Ciudad de México. No significa que la oficina haya desaparecido ni que todo el mundo pueda trabajar a distancia. Significa algo más modesto y, al mismo tiempo, profundo: para una parte de la población ocupada, el lugar de trabajo dejó de ser un punto fijo y comenzó a convertirse en una red de conexiones, enchufes, horarios y acuerdos.
Una ciudad laboral de casi cinco millones de personas
La dimensión ayuda a entender el cambio. Data México, con información de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, reportó que en el primer trimestre de 2026 la población económicamente activa de la capital fue de 5.11 millones de personas y que 4.9 millones estaban ocupadas. No todas pueden llevarse el trabajo a una mesa de café: millones de empleos dependen del comercio, la atención presencial, la manufactura, los servicios, la construcción y el cuidado.
Pero para quienes realizan tareas administrativas, creativas, tecnológicas, consultivas o de comunicación, la conectividad abrió otra posibilidad. La oficina flexible no siempre es “home office”. A veces es una mañana en casa, una reunión presencial al mediodía y dos horas de concentración en un espacio compartido antes de regresar. El trabajo se desarma y se vuelve a montar varias veces en el mismo día.
Ese movimiento ocurre en una ciudad donde el traslado pesa. El perfil territorial de Data México, construido con el Censo de Población y Vivienda 2020, registra un promedio de 43.4 minutos para llegar al trabajo. Es una cifra anterior a la consolidación de muchos esquemas híbridos, pero sigue explicando su atractivo: evitar un trayecto completo puede devolver más de una hora al día, aunque no elimine la necesidad de moverse para reuniones, entregas o atención a clientes.
El wifi como infraestructura cotidiana
El nuevo escritorio depende de una condición que hace pocos años no podía darse por sentada. La ENDUTIH 2023 estimó que 89.5% de los hogares de la Ciudad de México contaba con internet, el porcentaje más alto entre las entidades del país en ese levantamiento. La conexión dejó de ser un lujo excepcional para convertirse en infraestructura doméstica y laboral.
Sin embargo, acceso no equivale a igualdad de condiciones. El Censo 2020 registró que 75.7% de las viviendas capitalinas tenía internet, pero solo 59.9% disponía de computadora. La diferencia entre conectarse desde un teléfono y sostener una jornada con archivos pesados, hojas de cálculo, diseño, edición o múltiples ventanas sigue siendo decisiva. La ciudad flexible también tiene una frontera tecnológica.
Por eso el café, la biblioteca o el coworking cumplen funciones distintas para cada persona. Para algunos son una elección de ambiente; para otros, una solución frente al ruido doméstico, la falta de espacio, una conexión inestable o la convivencia de varias actividades bajo el mismo techo. La mesa externa no siempre representa libertad aspiracional: a veces es el único lugar donde una llamada puede hacerse sin interrupciones.
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La cafetería no es una oficina gratuita
La transformación también produce fricciones. Una cafetería vive de vender alimentos y bebidas, no de rentar escritorios por tiempo indefinido. Una persona que ocupa una mesa durante cuatro horas con una sola taza puede afectar la rotación del negocio; alguien que realiza una videollamada sin audífonos cambia el ambiente de quienes llegaron a conversar o descansar.
De esa convivencia han surgido reglas no escritas: consumir de manera proporcional al tiempo, evitar reuniones ruidosas, no bloquear contactos eléctricos, compartir mesas grandes cuando el lugar está lleno y reconocer que el personal no tiene obligación de resolver fallas de internet. El trabajo flexible necesita cortesía porque se instala en espacios diseñados para más de un uso.
Los coworkings ofrecen otra respuesta: convierten esa necesidad en un servicio explícito. Cobran por conectividad, mobiliario, salas de reunión, recepción y comunidad profesional. No sustituyen a la oficina tradicional para todos, pero muestran que el espacio laboral se volvió un producto modular: se paga por día, por hora, por membresía o por una sala específica.
Trabajar cerca cambia el mapa del consumo
Cuando una persona deja de ir cinco días a una zona corporativa, parte de su gasto cotidiano se desplaza. El café, la comida, la impresión urgente o la compra menor pueden quedarse en la colonia de residencia. La jornada híbrida redistribuye clientes hacia corredores barriales y crea demanda alrededor de lugares con conexión, seguridad eléctrica, baños y mesas cómodas.
Eso no significa que todos los barrios reciban el mismo beneficio. Las zonas con mayor densidad de cafeterías, librerías, centros culturales y oficinas compartidas concentran más opciones. En otras áreas, trabajar fuera de casa puede significar depender de una cadena comercial, una biblioteca con horarios limitados o un traslado adicional. La flexibilidad también se organiza según el territorio.
El fenómeno cambia incluso la arquitectura doméstica. La mesa del comedor se vuelve escritorio; una recámara incorpora un fondo neutro para videollamadas; los audífonos funcionan como pared. En viviendas pequeñas, trabajar y descansar pueden ocurrir sobre la misma superficie. Salir unas horas no siempre busca socializar: muchas veces permite volver a separar mentalmente el empleo de la casa.
Entre autonomía y disponibilidad permanente
La promesa del trabajo flexible es elegir mejor el tiempo. Su riesgo es no terminar nunca. Si el escritorio cabe en la mochila, también puede abrirse por la noche, durante el fin de semana o mientras se espera una cita. La autonomía se diluye cuando la conexión permanente se convierte en expectativa de respuesta inmediata.
La ciudad híbrida necesita algo más que wifi: requiere acuerdos sobre horarios, derecho a desconexión, evaluación por resultados y condiciones claras para cubrir gastos laborales. Sin esas reglas, el costo de la oficina puede trasladarse silenciosamente a la persona: electricidad, internet, mobiliario, café y espacio doméstico.
Aun así, la imagen de la computadora junto a la taza revela una transformación duradera. No todos pueden trabajar desde cualquier parte, pero cada vez más actividades pueden repartir su jornada entre distintos lugares. La CDMX ya no contiene únicamente oficinas; se comporta, por momentos, como una oficina extendida.
Al final de la mañana, la persona de la mesa junto a la ventana guarda los audífonos y cierra la computadora. El lugar vuelve a ser cafetería. Quedan una taza vacía, una silla disponible y la evidencia de que la ciudad cotidiana aprendió a prestar sus espacios para trabajar, aunque todavía esté decidiendo bajo qué reglas.
Fuentes: INEGI — ENOE, Ciudad de México, cuarto trimestre de 2025; IFT e INEGI — ENDUTIH 2023; Data México — perfil de Ciudad de México; Unsplash, Nahima Aparicio — licencia Unsplash.


