Internet en nueve de cada diez hogares: la nueva brecha digital de CDMX
La cifra que abre esta historia parece pequeña cuando se mira desde una pantalla: 9.5%. Es la proporción de hogares de la Ciudad de México que, por complemento del dato de INEGI, no disponía de internet en 2025. En el otro lado estaba el 90.5%, aproximadamente nueve de cada diez. El resultado de la ENDUTIH, publicado el 16 de junio de 2026, coloca a la capital a la cabeza del acceso doméstico en el país. También invita a mirar lo que el promedio deja abierto: tener una conexión es el comienzo de la vida digital, pero no describe todavía sus posibilidades.
La brecha digital en CDMX cambia de forma
El avance tiene una referencia cercana. El reporte de INEGI correspondiente a 2024 estimó internet en 84.4% de los hogares capitalinos; la diferencia con 2025 es de 6.1 puntos porcentuales. Es un cálculo sobre estimaciones de dos años, no una cuenta individual de hogares recién conectados ni una prueba de qué factor produjo el aumento. El documento de 2024 aclara además que el acceso puede realizarse mediante conexiones fijas o móviles. Por eso el indicador no equivale a contar exclusivamente contratos de banda ancha en casa, ni permite suponer una velocidad uniforme para todas las familias.
Ese matiz tiene consecuencias prácticas al imaginar una tarde de estudio, una búsqueda de empleo o un proyecto creativo. Ver un video y preparar un documento extenso plantean demandas diferentes a la pantalla, al teclado y a la conexión. Son situaciones analíticas, no escenas observadas para este artículo. Ayudan a formular una pregunta que el porcentaje agregado no responde: cuánta autonomía tiene cada integrante del hogar para completar la tarea que necesita. Una conexión compartida puede sostener varias actividades; el dato de disponibilidad, por sí solo, no revela los acuerdos, turnos o límites con que se utiliza.
El dispositivo también define la experiencia
La ENDUTIH 2025 aporta una escala nacional para observar esa diferencia. En México, 84.6% de las personas de seis años y más usó teléfono celular y 38.1% usó computadora, una categoría que incluye equipos de escritorio, laptops y tabletas. Por separado, 44.7% de los hogares tenía computadora. Estos porcentajes corresponden al país y a universos distintos; no describen automáticamente la CDMX ni pueden restarse para calcular una población capitalina que depende sólo del teléfono. Su utilidad consiste en mostrar que el acceso digital se reparte entre herramientas con características diferentes.
El teléfono ofrece cercanía, portabilidad y una forma inmediata de leer, comunicarse o consultar información. Una computadora permite otros modos de ordenar archivos, editar contenidos y trabajar con varias ventanas. Ninguno de esos usos convierte un dispositivo en una solución universal. El valor cotidiano depende de la actividad, de la accesibilidad de la interfaz y de la experiencia de quien la utiliza. Además de revisar qué suscripciones siguen teniendo valor, la pregunta útil al pensar en tecnología doméstica no es cuál aparato tiene más prestigio, sino si las herramientas disponibles permiten hacer lo necesario sin depender continuamente de otra persona. Esta es una interpretación sobre el uso, no un resultado medido por la encuesta.
Aprender a usar también forma parte del acceso
Una tercera fuente permite acercarse al acompañamiento. La Segunda Encuesta 2024 del IFT sobre personas usuarias de telecomunicaciones con alguna discapacidad encontró que 35.9% conoció aplicaciones o funciones de apoyo mediante recomendaciones de familiares y amistades; 21.1% lo hizo investigando por su cuenta. El alcance es nacional y corresponde a la población del estudio, no a todas las personas con discapacidad ni exclusivamente a residentes de CDMX. Aun con ese límite, documenta algo relevante: la información sobre herramientas útiles puede llegar por relaciones personales, además de la oferta del propio dispositivo.
En esa misma encuesta, 72.8% de las personas usuarias con discapacidad mencionó el celular entre los aparatos conectados que facilitan su vida diaria, frente a 15.1% que señaló computadora o laptop. El indicador recoge valoraciones de esa población y no una medición objetiva de rendimiento. Su lectura invita a incluir accesibilidad y conocimiento en la conversación tecnológica. Que una función exista no garantiza que la persona que podría aprovecharla sepa dónde encontrarla, cómo activarla o para qué le sirve. El comunicado también registra desconocimiento entre quienes no identifican aplicaciones adecuadas para su tipo de discapacidad.
Un hogar conectado admite más de una historia
Para la CDMX, el siguiente paso editorial consiste en evitar que el promedio haga invisibles las diferencias. Los documentos revisados no permiten construir aquí un ranking actualizado de las 16 alcaldías, calcular velocidades domésticas ni identificar cuánto tiempo se comparte cada equipo. Tampoco prueban que una edad o un ingreso expliquen, por sí solos, todos los obstáculos. Reconocer esos límites hace más precisa la pregunta: qué combinación de conexión, dispositivo, accesibilidad y aprendizaje permite participar con autonomía. El cambio puede sentirse en actividades pequeñas —crear, estudiar, compartir una obra o comunicarse— sin que todas tengan el mismo nivel de dificultad.
Volver al 9.5% inicial evita dar por concluida la conversación. Aumentar la disponibilidad de internet amplía posibilidades; observar cómo se utiliza ayuda a saber cuáles se concretan. La capital entra en una etapa en la que el cable, la señal o el teléfono ya no bastan para describir la experiencia completa. También cuentan el tiempo, las herramientas y el conocimiento disponible en cada hogar. La nueva brecha digital puede ser menos visible que la ausencia de conexión y, precisamente por eso, merece mirarse con más cuidado: la pantalla encendida no cuenta todavía todo lo que una persona puede hacer con ella.


