A las siete de la noche, en un edificio de la colonia Narvarte, las puertas se abren y se cierran sin que nadie pregunte “¿cómo te fue?”. En un departamento se calienta una porción de comida; en otro, una videollamada ocupa la mesa; arriba, un perro reconoce el sonido del elevador antes que cualquier vecino. Son escenas pequeñas, casi invisibles, de una Ciudad de México donde cada vez más personas organizan la casa, el gasto y el tiempo sin compartirlos con una pareja o una familia.
Vivir solo no es un único estilo de vida. Puede ser una elección largamente buscada, una consecuencia del divorcio, una etapa migratoria, la viudez, la salida tardía del hogar familiar o la necesidad de acercarse al trabajo. Pero la suma de esas historias ya deja una huella medible: la población de la capital prácticamente no crece, mientras el número de viviendas ocupadas sí lo hace y el tamaño promedio de los hogares continúa reduciéndose.
Más puertas, menos personas detrás de cada una
La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI estimó 9 millones 165 mil 819 habitantes en viviendas particulares de la Ciudad de México y 3 millones 22 mil 557 viviendas particulares habitadas. Entre 2020 y 2025, el promedio de ocupantes por vivienda bajó de 3.3 a 3.0 personas. En el mismo periodo, el número de viviendas creció a una tasa media anual de 1.7%, mientras la población registró una variación media de 0.0%.
Ese contraste cuenta más que una moda inmobiliaria. La ciudad no necesita casas solamente porque lleguen más habitantes; las necesita porque los hogares se fragmentan, envejecen y se reorganizan. Un diagnóstico del Instituto de Planeación Democrática y Prospectiva de la CDMX, basado en información censal, señala que 15.2% de los hogares capitalinos eran unipersonales. Detrás del porcentaje están quienes llevan la llave como único respaldo y también cargan, sin repartir, el recibo de la luz, el mantenimiento, la renta y los imprevistos.
La transformación convive con una presión conocida. Rentar en la capital se ha vuelto más difícil para buena parte de la población, sobre todo en las zonas con mejor conexión, empleo y servicios. La persona que vive sola no divide el depósito ni el costo del refrigerador; por eso, una vivienda más pequeña no siempre significa una vida más barata. La independencia se negocia en metros cuadrados, distancia y tiempo.
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La ciudad entra por la pantalla
En muchos departamentos de una sola persona, la conectividad es parte de la infraestructura doméstica tanto como el agua o el gas. El INEGI reportó que la proporción de viviendas capitalinas con internet pasó de 77.7% en 2020 a 88.8% en 2025. La disponibilidad de teléfono celular subió de 92.7% a 96.3% en el mismo lapso.
Esos números explican una noche cualquiera: pedir el súper desde el sofá, avisar al portero mediante una aplicación, trabajar una hora más, hablar con la familia que vive lejos o dejar una serie reproduciéndose para romper el silencio. La tecnología facilita la autonomía, pero también puede disolver las fronteras entre descanso, trabajo y consumo. Cuando la sala es oficina y comedor, salir a caminar por tortillas o bajar por café deja de ser una diligencia menor: a veces es el único momento de contacto casual con otras personas.
La vivienda unipersonal tampoco está aislada del barrio. Depende de la tienda abierta tarde, la lavandería por kilo, el mercado que vende porciones pequeñas, el puesto donde ya conocen el pedido y el transporte que permite regresar sin multiplicar transbordos. La vida independiente se sostiene sobre redes comerciales y afectivas que no aparecen en el contrato de arrendamiento.
Tiempo propio, tiempo de traslado
La promesa de vivir cerca del empleo es poderosa porque el tiempo sigue siendo uno de los recursos más escasos de la capital. Según la Encuesta Intercensal 2025, 34.1% de la población ocupada tarda hasta 30 minutos en llegar al trabajo y 26.3% emplea entre 31 minutos y una hora. Para quien vive solo, un traslado largo no se compensa con otra persona que adelante la cena, reciba un paquete o saque al perro.
Por eso algunos hogares se reducen para permanecer cerca de corredores laborales y de transporte. Se acepta una recámara mínima a cambio de recuperar horas. Otros recorren el camino inverso: buscan más espacio en colonias periféricas y pagan la diferencia con desplazamientos. El mapa de la independencia está hecho de esas cuentas: renta contra trayecto, privacidad contra compañía, ubicación contra superficie.
La edad también importa. La mediana de edad en la Ciudad de México llegó a 37 años en 2025, la más alta entre las entidades del país según el INEGI. Al mismo tiempo, las trayectorias familiares son menos lineales. Hay personas que dejan de vivir solas después de una década y otras que comienzan a hacerlo después de los 60. Hablar de “solteros jóvenes” ya no alcanza para describir el fenómeno.
La libertad y su reverso
Quien vive solo decide a qué hora comer, cómo ordenar la casa y cuándo invitar a alguien. Esa libertad cotidiana es real. También lo son el miedo a enfermar sin ayuda inmediata, la dificultad para construir ahorro y la obligación de resolver cada emergencia sin relevo. La soledad elegida y el aislamiento no son sinónimos, aunque a veces compartan la misma puerta.
El diseño de la ciudad puede inclinar la balanza. Banquetas caminables, parques cercanos, mercados, bibliotecas, centros culturales y transporte accesible amplían la vida más allá del departamento. Cuando el espacio público funciona, la vivienda no tiene que contenerlo todo. Cuando falla, cuatro paredes absorben el trabajo, el ocio y hasta la convivencia.
También cambia la escala del consumo. Los formatos familiares pueden generar desperdicio para una persona; los electrodomésticos pequeños, las cocinas compartidas, los servicios de entrega y las lavanderías se adaptan a esa demanda. Pero no toda innovación mejora la vida: las unidades cada vez más compactas pueden presentarse como sofisticación mientras esconden precios por metro cuadrado más altos y áreas comunes que no siempre construyen comunidad.
Una ciudad que debe aprender a acompañar
Al cerrar la noche en aquel edificio de Narvarte, cada ventana encendida parece una historia separada. Sin embargo, todas dependen del mismo entorno: la seguridad de la calle, el precio de la vivienda, la cercanía de los servicios y la posibilidad de encontrar a otros sin perder la autonomía.
La caída de 3.3 a 3.0 ocupantes por vivienda en apenas cinco años no dicta una sola conclusión, pero sí obliga a dejar de pensar la casa capitalina únicamente como hogar nuclear. La planeación urbana, la oferta de vivienda y los servicios de cuidado tendrán que considerar a quienes viven solos sin convertirlos en consumidores ideales ni en personas incompletas.
Vivir solo en la CDMX puede ser un logro, una pausa o una circunstancia. Lo verdaderamente urbano ocurre cuando esa puerta individual se abre a un barrio capaz de sostener la vida cotidiana. La independencia necesita intimidad, pero no debería exigir aislamiento.
Crédito de imagen: “Room alone”, 0st3l4r, Wikimedia Commons, licencia CC BY 4.0.
Fuentes: INEGI, Encuesta Intercensal 2025: Ciudad de México; Instituto de Planeación Democrática y Prospectiva, diagnóstico de la Ciudad de México; Wikimedia Commons, ficha y licencia de la imagen.