Antes del taco: la masa de nixtamal que todavía explica la vida en CDMX

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Una mano se apoya sobre la masa dentro de un recipiente claro. Alrededor hay utensilios y envases de cocina; a un costado, la persona que trabaja lleva un delantal. La fotografía fue tomada el 23 de febrero de 2013 en la cocina de un restaurante de San Pedro Atocpan, en Milpa Alta, según su ficha documental. No muestra una escena observada esta mañana ni permite conocer el nombre de quien aparece. Sí deja ver algo preciso: antes de que la comida llegue a la mesa existe un trabajo sobre una materia que todavía no es taco, tortilla ni antojito.

La masa de nixtamal en CDMX: mirar antes del plato

La masa ocupa una posición poco vistosa en la conversación gastronómica. Es más sencillo hablar del relleno, de una salsa o del precio de una orden que detenerse en el material que les da forma. Pero su lugar cambia cuando la pregunta deja de ser dónde comer y pasa a ser cómo se hace aquello que comemos. Ciencia UNAM explicó en julio de 2025 que la nixtamalización transforma el grano mediante una cocción con agua y cal de grado alimenticio. Esa preparación permite construir alimentos distintos a partir de una misma base, no sólo una presentación única destinada al comal.

La misma publicación universitaria sitúa evidencias del inicio del cultivo del maíz en Puebla hace más de siete mil años. Es un dato histórico referido a México, no una cifra del consumo actual de la capital. Sirve para entender la profundidad del proceso, aunque por sí solo no explique cómo trabaja hoy cada molino o cada cocina. La continuidad de un ingrediente tampoco implica inmovilidad: conocer una técnica heredada y preguntar por sus usos actuales son dos tareas diferentes. El pasado aporta contexto; no reemplaza la información sobre el producto que una persona tiene delante al comprar o al cocinar.

El ingrediente también contiene tiempo

El material de tecnología doméstica publicado por Profeco en 2022 propone, para una preparación de nixtamal, un kilogramo de maíz, cinco gramos de cal y dos litros de agua. Señala dos horas de preparación y un reposo mínimo de doce horas antes de retirar el agua y moler. Es una receta doméstica documentada, no una medición de todas las cocinas de la Ciudad de México ni un estándar para cualquier productor. Aun con esa limitación, sus instrucciones vuelven visible una diferencia: el ingrediente terminado resume etapas que dejan de verse cuando sólo se considera el momento de servir la comida.

Por eso conviene separar el tiempo de preparación del tiempo de consumo. Un plato puede disfrutarse en minutos sin que ese lapso describa el trabajo que lo antecede. La receta tampoco autoriza a calcular automáticamente salarios, costos comerciales o la jornada de una persona fotografiada. Lo que permite es formular mejores preguntas: qué parte del proceso se realiza en el lugar de compra, qué parte llega preparada y de qué producto se está hablando exactamente. Comprar masa y comprar una tortilla terminada son decisiones relacionadas, pero no idénticas. Cambian lo que todavía debe hacerse en casa y lo que ya hizo alguien más.

Una ciudad que gasta dentro y fuera de la mesa

La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 del INEGI ofrece otra escala para observar esa conversación. En la Ciudad de México, el gasto corriente monetario promedio trimestral por hogar fue de 66,383 pesos. De ese total, 24,389 correspondieron al rubro de alimentos, bebidas y tabaco; 16,370 a alimentos y bebidas consumidos dentro del hogar y 7,915 a los consumidos fuera. Son promedios de hogares capitalinos en 2024, publicados en julio de 2025. No son gasto individual, presupuesto de una familia específica ni un precio de tortillas vigente en octubre de 2026.

Los números muestran que la experiencia de comer no se agota en el restaurante ni en la cocina doméstica. Hay recursos destinados a ambos espacios, aunque la encuesta no diga qué proporción se usa en masa de nixtamal. Tampoco permite afirmar que comprar una preparación resulte siempre más barato que otra. Para contrastar opciones harían falta cantidades, productos y precios comparables. La diferencia con una mirada centrada en el costo de una orden de tacos en CDMX está justamente allí: observar el producto final ayuda a entender el consumo; mirar su base permite preguntar por el trabajo incorporado y las decisiones previas.

Lo que una fotografía alcanza a contar

El encuadre de San Pedro Atocpan devuelve esa discusión a una escala concreta. No permite asegurar que la cocina siga operando, que conserve su menú ni que use hoy el mismo método. Sería injustificado atribuirle una historia de supervivencia o presentar a la persona retratada como portavoz de un oficio sin haberla entrevistado. Lo documentado es más pequeño y, por eso mismo, más firme: una preparación de masa en una cocina de la ciudad, en una fecha identificable. Esa evidencia basta para recordar que los alimentos también pueden observarse antes de convertirse en productos terminados, sin inventar una voz para volverlos interesantes.

La masa que aparece en el recipiente no tiene todavía el aspecto de una orden servida. La fotografía interrumpe ese paso y deja el trabajo a la vista. Entre esa imagen de 2013, la explicación de Ciencia UNAM de 2025, la receta de Profeco y los resultados de la ENIGH no hay una prueba de que toda la ciudad cocine igual. Hay distintas maneras de acercarse a un mismo ingrediente: técnica, tiempo, gasto y una escena documentada. Mirarlas juntas cambia la pregunta cotidiana. Antes de decidir qué va dentro del taco, también vale preguntarse qué ocurrió para que existiera aquello que lo sostiene.