Lindavista: la colonia que soñó con Beverly Hills

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El corazón de la Gustavo A. Madero fue originalmente el rancho Los Pirineos, un latifundio dedicado a la producción de leche. Tras la Revolución mexicana, sus propietarios presintieron la expropiación agraria, y pocos años después el presidente Lázaro Cárdenas ordenó construir  Instituto Politécnico Nacional (IPN). Ante el riesgo, los empresarios; junto, el expresidente Pascual Ortiz Rubio,  decidieron fraccionar y vender las haciendas, apostando por la urbanización de Los Pirineos.

Es así que en 1930 se va conformando la colonia Lindavista, encabezada por el ingeniero estadounidense Teodoro Gildred, con la idea de recrear los conjuntos residenciales californianos de Beverly Hills. En 1932 comenzó la construcción, con casas de estilo colonial californiano en lotes de aproximadamente mil metros cuadrados.

Lindavista se convirtió en un laboratorio urbano que mostró cómo la Ciudad de México podía volver a crecer mediante proyectos planificados e inspirados en modelos internacionales, en lugar de la expansión improvisada de asentamientos. Sus casas, símbolo de modernidad y aspiración, atrajeron a figuras como Pedro Infante, María Félix y Roberto Cantoral, quienes, cautivados por las fachadas claras, los techos de teja y los jardines amplios, decidieron hacer de la colonia su hogar.

¿Qué ha pasado desde entonces?

Con el paso de las décadas, Lindavista dejó de ser únicamente un símbolo de modernidad para convertirse en un territorio en disputa entre la memoria urbana y la presión inmobiliaria. Sus casas californianas, que alguna vez atrajeron a artistas y familias en busca de progreso, hoy conviven con edificios más densos, comercios y desarrollos que han transformado la fisonomía de la colonia. La planeación que la distinguió se enfrenta ahora a los retos de la ciudad contemporánea: mantener su identidad residencial frente a la expansión irregular, preservar sus espacios verdes y resistir la sobrecarga de servicios.