Simón Vargas Aguilar©*
Hay una ilusión que recorre la Ciudad de México como un eco persistente: la idea de que basta con barrer más, recoger más y gastar más para tener una capital habitable. Cada temporada de lluvias la desmiente con la misma crudeza, las alcantarillas se tapan, las calles se convierten en ríos de agua negra y el olor a basura acumulada se impone sobre cualquier discurso de modernización, una ciudad no es más pulcra mientras más se limpia, sino entre menos se ensucia, y esa diferencia la marca, en primer lugar, el ciudadano.
La capital genera alrededor de 12 mil 500 toneladas diarias de residuos sólidos, la mayor parte termina en rellenos sanitarios, solo una fracción recibe tratamiento real y, según datos recientes, en 2025 apenas se separaba correctamente el 15% de la basura. Ocho de cada diez encharcamientos e inundaciones están relacionados con desechos que nunca debieron llegar a las calles ni a las coladeras como botellas de PET, colchones, electrodomésticos y, de manera especialmente dañina, llantas.
El drenaje no es un basurero subterráneo; es una red diseñada para el agua, cuando lo convertimos en depósito de lo que no queremos en casa, pagamos todos con inundaciones, olores y costos de desazolve que se multiplican.
La responsabilidad no puede recaer exclusivamente en las instituciones gubernamentales, hay actos mínimos que cambian el resultado: no tirar basura en la calle, separar en casa lo orgánico de lo reciclable, y evitar que grasas y residuos de cocina terminen en el fregadero o en la banqueta. Son gestos individuales que, multiplicados por millones, alivian o colapsan la infraestructura.
Esa misma lógica de cuidado personal se extiende a otros frentes, por ejemplo, la reforestación de la Ciudad de México no puede quedar reducida a campañas de un día. Muchas alcaldías tienen menos de 25 % de su territorio cubierto por árboles y arbustos, muy por debajo de lo recomendable, el promedio de áreas verdes por habitante sigue siendo desigual y, en varias demarcaciones densamente pobladas, insuficiente. Plantar no es solo estética, regula la temperatura, reduce islas de calor, mejora la calidad del aire y ayuda a absorber agua de lluvia, pero un árbol plantado muere si la banqueta a su alrededor se convierte en basurero o si nadie lo riega en los primeros meses, es por ello que cuidar lo que ya existe, y sumar donde falta es tan importante como la siembra masiva.
Por otro lado, pintar las fachadas de las casas y edificios no es un lujo superficial, es una señal de pertenencia, una colonia donde las paredes se mantienen, donde no se permite el grafiti vandálico ni el abandono visual, comunica que alguien se hace cargo. El deterioro estético suele preceder al deterioro funcional porque cuando nadie se preocupa por el aspecto de su calle, es más fácil que aparezcan focos fundidos, coladeras destapadas o banqueta rota sin que nadie reporte. La ciudad se lee en sus detalles.
El transporte es otro ámbito donde la decisión individual pesa, usar el automóvil particular solo cuando es estrictamente necesario no es una consigna moralista; es una forma de reducir congestión, emisiones y el desgaste de la infraestructura vial. Cada viaje prescindible en auto privado suma minutos de tráfico, partículas en el aire y presión sobre un sistema de transporte público que, con todas sus fallas, mueve a millones. Preferir el transporte colectivo, la bicicleta o caminar cuando es viable no resuelve todos los problemas de movilidad, pero sí disminuye la carga que cada uno impone sobre los demás.
Y luego está el acto más elemental de ciudadanía activa: reportar farolas fundidas, alcantarillas sin rejilla, baches, fugas o coladeras tapadas. El Sistema Unificado de Atención Ciudadana (SUAC) y la línea *426 (H20) existen precisamente para eso, porque una farola apagada no solo es inseguridad; es también la evidencia de que alguien decidió que “alguien más” se encargaría. La indiferencia es uno de nuestros mayores problemas, porque cada falla no reportada es una invitación a que el problema crezca hasta volverse costoso y visible para todos.
La Ciudad de México no se transforma solo con programas de gobierno ni con jornadas de limpieza de un día, se transforma cuando dejamos de ensuciarla, cuando plantamos y cuidamos, cuando mantenemos lo que es nuestro, cuando usamos el transporte con criterio y cuando reportamos lo que falla. La indiferencia es una decisión que carga el costo sobre los demás y decir no a ella es el primer acto concreto por la capital que habitamos, decimos querer y de la que nos sentimos orgullos.
*Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia, y política.