Caminar por la Ciudad de México debería ser una de las actividades más sencillas del día. Sin embargo, basta recorrer algunas calles para encontrarse con postes a mitad de la banqueta, vehículos estacionados, desniveles, rampas bloqueadas y espacios tan estrechos que obligan a las personas a esquivar obstáculos. Lo que debería ser un trayecto cotidiano puede convertirse en una pequeña carrera de obstáculos.
El problema va más allá de la incomodidad. Las banquetas son parte del espacio público y su función es permitir que las personas se desplacen de manera segura. Cuando están deterioradas u obstruidas, quienes caminan pueden verse obligados a bajar a la calle y compartir espacio con los vehículos, aumentando su exposición a situaciones de riesgo.
Lo interesante es que, al menos en la ley, los peatones deberían ocupar el primer lugar. El artículo 6 de la Ley de Movilidad de la Ciudad de México establece una jerarquía que da prioridad a las personas que caminan, especialmente a quienes tienen alguna discapacidad o movilidad limitada. Después aparecen ciclistas, usuarios del transporte público y otros vehículos. Es decir, aunque muchas calles parezcan diseñadas principalmente para los automóviles, la legislación establece otra prioridad.
La accesibilidad también forma parte de esta conversación. Una banqueta con escalones, superficies irregulares o rampas bloqueadas puede representar una barrera importante para personas mayores, usuarios de silla de ruedas, familias con carriolas o personas con movilidad reducida. La Encuesta Nacional sobre Discriminación 2022 del INEGI incluso contempla las calles, instalaciones y transportes inadecuados entre las problemáticas que afectan a las personas con discapacidad.
Además, la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial establece que la infraestructura debe diseñarse con criterios de accesibilidad y seguridad. Entre las condiciones que contempla se encuentran las aceras pavimentadas, la iluminación adecuada y los cruces peatonales seguros. Esto significa que tener banquetas funcionales no debería entenderse como un lujo urbano, sino como parte de las condiciones básicas para ejercer el derecho a la movilidad.
Pero hay otro detalle que muchas veces pasa desapercibido: una banqueta no solamente sirve para llegar de un punto a otro. También permite acceder a comercios, escuelas, parques y espacios culturales. Cuando caminar se vuelve complicado, la ciudad deja de ser igual de accesible para todos, especialmente para quienes dependen de recorridos a pie en sus actividades cotidianas.
La discusión tampoco se resuelve únicamente construyendo banquetas nuevas. Mantenerlas libres de obstáculos, reparar superficies dañadas, respetar las rampas y evitar que los vehículos ocupen espacios peatonales son acciones necesarias para que realmente funcionen. Una calle puede tener banquetas a ambos lados y aun así resultar difícil de recorrer.
Al final, la pregunta no es solamente cuántas banquetas tiene la CDMX, sino qué tan fácil es utilizarlas. Porque una ciudad que reconoce legalmente a los peatones como prioridad también debería permitirles caminar sin tener que esquivar obstáculos a cada paso. La próxima vez que salgas a caminar, observa tu recorrido: ¿cuántas veces tienes que cambiar de camino por algo que está bloqueando la banqueta?