Antes de que abran las cortinas de los locales, la banqueta ya está trabajando. Llegan los diablitos cargados de cajas, se tensan las lonas, se acomodan las cubetas, las hieleras y las mesas plegables. A la salida del Metro, frente a las escuelas o en las esquinas con mucho paso, la calle se convierte en mostrador. Para muchos capitalinos, comprar un jugo, una funda para el celular o un elote en la acera es tan cotidiano como tomar el transporte.
Detrás de esa escena hay una cifra que pocas veces se mira de frente. De acuerdo con Data México, la plataforma de datos de la Secretaría de Economía, en el primer trimestre de 2026 la Ciudad de México tenía 199 mil personas ocupadas como vendedores ambulantes. Es la cifra más alta del país, por encima del Estado de México, con 195 mil, y de Puebla, con 152 mil. En todo México, la ocupación sumaba alrededor de 1.48 millones de personas.
Quién vende en la calle
El perfil nacional de este oficio rompe algunos estereotipos. Según Data México, el 57% de quienes venden en la vía pública son mujeres y la edad promedio es de 45.5 años. La escolaridad promedio es de 8.72 años, es decir, menos de la secundaria completa. No es, en su mayoría, un empleo de paso para jóvenes: es el sustento de personas adultas que encontraron en la banqueta un ingreso posible.
Los ingresos son bajos y desiguales. A nivel nacional, el salario mensual promedio de los vendedores ambulantes fue de 4,930 pesos en el primer trimestre de 2026, aunque la propia plataforma advierte que esas cifras tienen baja precisión estadística. Las mujeres reportaron en promedio 4,200 pesos al mes y los hombres 5,890. La jornada promedio fue de 31.6 horas a la semana, repartidas en 4.64 días, y apenas el 4.84% tenía un segundo empleo.
Casi todos trabajan sin red. Data México calcula que el 96.8% de los vendedores ambulantes del país está en la informalidad, 42 puntos por encima del promedio nacional de 54.8%. Eso significa, en términos prácticos, que la gran mayoría no tiene acceso a seguridad social, crédito para vivienda ni pensión. Un mal día de lluvia o una semana de enfermedad se traducen directamente en ingresos perdidos.
La banqueta dentro de la economía capitalina
El comercio callejero es solo una parte de un mapa más grande. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, en el primer trimestre de 2026 la Ciudad de México tenía 4.9 millones de personas ocupadas. La tasa de informalidad laboral fue de 44.2%, equivalente a unos 2.2 millones de trabajadores, y 1.3 millones de personas, el 26.9% de los ocupados, trabajaban en el sector informal. Es decir, la banqueta es la cara más visible de una economía informal mucho más amplia.
Si se cruzan ambas fuentes del mismo trimestre, los 199 mil vendedores ambulantes equivalen a alrededor del 4% de toda la población ocupada de la capital, según un cálculo propio. Dicho de otro modo, aproximadamente una de cada 25 personas que trabajan en la ciudad lo hace vendiendo en la calle. La proporción ayuda a entender por qué el tema no es marginal en la agenda urbana. Cualquier política sobre banquetas toca, directa o indirectamente, el ingreso de decenas de miles de hogares.
El mismo reporte del INEGI muestra dos movimientos que conviene leer juntos. El comercio ocupaba a 943,205 personas en la capital, el 19.2% del total, y fue el sector con la mayor disminución anual, con 45 mil personas menos. Al mismo tiempo, los trabajadores por cuenta propia llegaron a 1.1 millones, el 22.8% de los ocupados, con un aumento de 112 mil respecto al año anterior. Los datos no permiten afirmar que unos se hayan convertido en otros, pero sí dibujan una ciudad donde trabajar por cuenta propia gana peso.
Lo que se vende y por qué se compra
Según Data México, la mayor parte de los vendedores ambulantes del país, alrededor del 37%, se concentra en el comercio al por menor de bebidas, hielo y tabaco. En la práctica, eso se ve en las hieleras con refrescos, en los puestos de jugos y en los carritos de dulces y cigarros. A esa oferta se suman la comida preparada, la fruta picada y los artículos de bajo costo. Para quien compra, la ventaja es clara: está en el camino, es barato y no exige desviarse.
Una disputa permanente por el espacio
La calle, sin embargo, es un bien escaso. Comerciantes, peatones, ciclistas, negocios establecidos y autoridades compiten por los mismos metros de banqueta, y los conflictos aparecen con regularidad. En agosto de 2026, por ejemplo, vendedores bloquearon puntos de la Alameda Central y del Eje Central para exigir más espacios de venta, mientras rechazaban la propuesta oficial de días de descanso. Ese tipo de choques suele reaparecer con cada intento de ordenamiento.
Entre la regulación y la necesidad
Las reglas también alcanzan los espacios cerrados del transporte, como mostró la actualización del reglamento del Metro para los comerciantes dentro de las estaciones. El dilema de fondo es el mismo en todas partes: cómo garantizar banquetas transitables sin cancelar el ingreso de miles de familias. Las soluciones que solo retiran puestos suelen durar poco si no ofrecen alternativas de lugar, de formalización o de protección social. Y las que lo toleran todo terminan por expulsar al peatón.
Mirar la banqueta como mercado ayuda a entender la ciudad. Detrás de cada lona hay una cadena de proveedores, horarios de madrugada y cálculos diarios de cuánto se vendió y cuánto falta para la renta. También hay una demanda constante de capitalinos que compran ahí porque les queda cerca y les alcanza. Mientras la informalidad siga ocupando a casi la mitad de quienes trabajan en la ciudad, la calle seguirá siendo, además de camino, un lugar donde se gana la vida.