Bajo el cielo inmenso de la tierra mexicana que la vio nacer y crecer, se ha apagado la luz en la jirafa Fortunata. Su andar pausado, que parecía acariciar las nubes del bosque de Chapultepec, se ha detenido para siempre, dejando un vacío tan alto como su silueta.
Dejó de existir a la edad de 36 años con cinco meses, Fortunata la jirafa más longeva del Bosque de Chapultepec y de las de mayor edad registradas en el mundo.
Los árboles que alimentaron sus días inclinan sus ramas en un luto verde, extrañando la elegancia con la que extendía su cuello para tocar el firmamento.
Sus huellas en la tierra no solo quedan marcadas en el camino, sino en la eternidad del ciclo vivo que supo custodiar. Fortunata floreció en el mundo como una madre generosa, entregando a la vida el milagro de al menos diez crías y extendiendo su legado en el correr libre de incontables nietos que hoy habitan lo que fue su casa por tantos años.
Ha dejado de pertenecer al plano de los mortales para convertirse en una constelación de manchas doradas, el reflejo de una gran matriarca que sembró descendencia y amor en su propia historia.
En este último adiós, la figura de Alejandro González Torres, su fiel cuidador, manos que la alimentaron con ternura, que limpiaron sus mañanas y acompañaron su noble vejez.
La gigante mansa ha partido, pero el lazo indestructible entre la jirafa más alta y Alejo, que cuidó sus pasos se queda suspendido en el viento, como un recordatorio eterno de que el amor también se mide en las alturas.