La felicidad en la CDMX: una ciudad con propósito, pero sin paz. Dr. Slaymen Bonilla.

Desde hace algún tiempo he desarrollado, en colaboración con Electoralia, el proyecto Ontología del Bienestar, cuyo propósito es abrir una discusión que México ha postergado durante demasiado tiempo: ¿qué significa realmente que una sociedad progrese? La propuesta parte de una idea sencilla, aunque políticamente exigente: el crecimiento económico es necesario, pero resulta insuficiente si no se traduce en descanso, salud, vínculos comunitarios, seguridad material, participación ciudadana y un entorno habitable. Por ello, este proyecto busca complementar los indicadores económicos tradicionales con una medición integral de las condiciones que hacen posible una vida digna. Debe reconocerse especialmente la apertura y disposición de Ricardo Gamundi, quien comprendió la relevancia de llevar esta reflexión al terreno de la evidencia y asumió, desde Electoralia, el desafío de convertir una propuesta filosófica en una encuesta de alcance nacional.
Medir la felicidad de una ciudad no consiste en preguntar si sus habitantes sonríen o están de buen humor. Significa examinar las condiciones concretas que les permiten vivir con dignidad: disponer de tiempo propio, descansar, confiar en los demás, acceder a servicios básicos y sentir que su voz cuenta. Con este propósito, Electoralia entrevistó a 2,000 habitantes de la Ciudad de México entre el 20 y el 24 de agosto de 2026. Los resultados ofrecen un retrato complejo de la capital: una ciudad con aspiraciones y fortalezas, pero también marcada por el agotamiento, la soledad y la desconfianza.
La primera paradoja aparece en el bienestar personal. El 81% de los encuestados considera que su vida tiene un propósito claro más allá de la supervivencia económica. Sin embargo, solamente el 59% afirma sentirse en paz con la vida que lleva, mientras que el 29% experimentó estrés, ansiedad o angustia que dificultaron sus actividades frecuentemente o todo el tiempo durante el último mes. La capital parece conservar un horizonte de sentido, pero tiene dificultades para convertirlo en serenidad cotidiana.
El uso del tiempo ayuda a comprender esta distancia. El 64% perdió al menos una noche de sueño adecuado durante la última semana debido a sus obligaciones económicas, y el 13% padeció esta situación los siete días. Además, el 45% siente frecuentemente o todo el tiempo que su tiempo no le pertenece, porque dedica la mayor parte del día a obligaciones que no eligió. No estamos ante una simple incomodidad: cuando dormir, descansar o convivir con la familia se vuelven privilegios, el crecimiento económico deja de ser una medida suficiente del bienestar.

La segunda gran fractura se encuentra en la vida comunitaria. Solo el 24% confía en que sus vecinos o su comunidad le brindarían apoyo ante una crisis, mientras que el 53% desconfía de recibirlo. Del mismo modo, apenas una cuarta parte se siente integrante de una comunidad preocupada por su bienestar y el 63% percibe que, en su entorno, cada persona debe resolver sola sus problemas. La Ciudad de México reúne a millones de personas, pero la cercanía física no siempre genera vínculos solidarios.
En las condiciones materiales, el panorama contiene avances y carencias. El 76% considera digna su vivienda y el 73% declara haber recibido una educación acorde con sus aspiraciones. No obstante, el 47% tuvo que reducir al menos ocasionalmente su consumo de alimentos u otros bienes básicos por falta de dinero. En materia de salud, aunque el 64% dice contar con servicios cuando los necesita, casi una cuarta parte no pudo recibir atención frecuentemente o siempre por falta de recursos, tiempo o acceso.
El entorno también forma parte del bienestar. Solo el 49% considera que dispone de áreas verdes, aire limpio y naturaleza en buen estado a una distancia caminable de su hogar. Al mismo tiempo, el 87% teme que las próximas generaciones no puedan vivir en un ambiente saludable. Este dato revela que la preocupación ecológica no pertenece únicamente a especialistas o activistas: es una inquietud ampliamente compartida por quienes habitan la capital.
Finalmente, el resultado más político es la profunda falta de confianza. Solo el 29% cree que las autoridades locales actúan pensando en el bienestar de la población, mientras que el 62% desconfía de ellas. Además, el 54% siente que su opinión o su voto no tiene un impacto real en las decisiones que afectan su vida. Una democracia se debilita cuando las personas votan, pero no se sienten escuchadas; cuando cumplen con sus obligaciones, pero perciben que las instituciones no responden a sus necesidades.
Estos resultados deben ser el inicio de una conversación nacional. Convoco a quienes gobiernan la Ciudad de México, a los legisladores, a los partidos políticos y a quienes aspiran a dirigir nuestro país a debatir seriamente qué entendemos por progreso. La política no puede limitarse a administrar presupuestos, inaugurar obras o celebrar cifras de crecimiento: su responsabilidad más profunda consiste en crear las condiciones para que la vida humana pueda desarrollarse con dignidad. Una ciudad que produce riqueza mientras roba tiempo, debilita comunidades, deteriora el entorno y excluye a sus habitantes de las decisiones públicas no puede considerarse plenamente próspera. Ha llegado el momento de colocar el bienestar en el centro de la acción institucional y de preguntarnos, con valentía, no solo cuánto produce México, sino cómo viven realmente los mexicanos y qué clase de vida estamos construyendo juntos.
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